lunes, 26 de octubre de 2009


La Cenicienta o La chinela de cristal Charles Perrault ; traducción de Teodoro Baró

La Cenicienta o La chinela de cristal
Charles Perrault
Érase un gentil-hombre que casó en segundas nupcias con una mujer altiva y huraña como otra no haya habido. Tenía dos hijas, como ella orgullosas y que en todo se le asemejaban. El esposo tenía una hija, cuya dulzura y bondad nadie aventajaba; cualidades que asemejaban las de su difunta madre, que fue buena entre las buenas.
Apenas celebradas las bodas, la madrastra hizo pesar su pésimo carácter sobre la joven, cuyas buenas cualidades no podía sufrir, tanto menos cuanto comparadas con las de sus hijas, éstas aparecían más despreciables. Encargole las más humildes faenas de la casa; debía fregar los platos y los chismes todos de la cocina, barría los cuartos de la señora y de sus dos hijas; dormía en el granero y en un mal jergón, mientras sus hermanas estaban en habitaciones bien amuebladas, tenían camas lujosas y grandes espejos, en los que se veían de la cabeza a los pies. La desdichada sufría con paciencia y no osaba quejarse a su padre, quien la hubiera reñido, pues estaba dominado por su mujer.
Cuando había terminado su tarea iba a un rincón de la chimenea y se sentaba encima de la ceniza, lo que dio origen a que la aplicaran un feo mote; mas la menor, que no era tan mala como su hermana, la llamaba Cenicienta, a pesar de lo cual la pobrecita, con sus remendados vestidos, era cien veces más hermosa que sus hermanas a pesar de sus magníficos trajes.
En aquel entonces el hijo el rey dio un baile al que invitó a todas las personas distinguidas y también a las dos señoritas, que figuraban en primera línea entre las de aquel país. Hételas ocupadas en escoger los vestidos y adornos que mejor habían de sentarles, de lo cual había de resultar aumento de trabajo para la Cenicienta, porque ella era la que repasaba la ropa de sus hermanas y cuidaba del atadillo y pliegues de sus jubones. Sólo se hablaba del traje que se pondrían.
Yo, dijo la mayor, llevaré el vestido de terciopelo rojo y un aderezo de Inglaterra.
Yo, añadió la menor, me pondré las sayas que acostumbro llevar, pero, en cambio, ostentaré mi manto recamado de flores de oro y mi adorno de diamantes, que es joya de las mejores.
Mandaron llamar a una buena peinadora para que hiciera maravillas, y enviaron por lunares a la tienda donde mejor los fabricaban. Llamaron a la Cenicienta para pedirle su opinión, porque su gusto era exquisito, y les dio excelentes consejos y hasta se ofreció para peinarlas, lo que aceptaron sus hermanas.
Mientras las estaba peinando, le dijeron:
- Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
- ¡Ay; señoritas, ustedes se burlan de mí! ¡No es al baile donde debo ir!
- Tienes razón: ¡cómo reirían si viesen a una joven como tú en el baile!
Otra que no hubiese sido la Cenicienta, las hubiera peinado mal; pero era buena y las peinó perfectamente bien. Casi dos días estuvieron sin comer, tanta era su alegría; rompieron más de doce lazos a fuerza de apretar para que su talle fuese más chiquitito y pasaron todo el tiempo delante del espejo.
Por fin llegó el tan deseado día; fuéronse al baile y con la mirada siguiolas la Cenicienta hasta perderlas de vista. Cuando hubieron desaparecido se puso a llorar. Su madrina, al verla anegada en llanto, preguntole qué tenía.
-Yo quisiera... yo quisiera...
Los sollozos le embargaban la voz y no podía continuar. Su madrina, que era hada, le dijo:
-¿Deseas ir al baile? ¿He adivinado?
-¡Ah!, sí; contestó la cenicienta suspirando.
-¿Serás buena?, le preguntó su madrina. Si lo eres, irás al baile.
Llevola a su cuarto, y le dijo: -Ve al jardín y tráeme una calabaza.
La Cenicienta fuese en seguida a buscarla y cogió la más hermosa que encontró, entregándola a su madrina, sin que acertase a adivinar qué tenía que ver la calabaza con el baile. Su madrina la vació, y cuando sólo quedó la corteza, tocola con su varita, e inmediatamente convirtiose la calabaza en una magnífica carroza dorada. Fuese luego en busca de la ratonera, donde halló seis ratones, todos vivos. Dijo a la Cenicienta que levantara un poquito la trampa, y cuando salía uno, le daba un golpecito con su varilla, transformándose inmediatamente el ratón en un soberbio caballo; de modo que reunió un magnífico tiro de seis corceles de un hermoso gris de rata que admiraba.
Pensando estaba de qué haría un cochero, cuando la Cenicienta dijo:
-Veré si ha quedado algún ratón en la ratonera y le convertiremos en cochero.
-Buena idea, contestole. Ve a mirarlo.
La Cenicienta volvió con la ratonera en la que había tres grandes ratas. La Hada escogió una entre las tres, dándole la preferencia por su barba; y habiéndola tocado con la varilla, se transformó en un fornido cochero con gruesos bigotes.
Luego le dijo:
-Ve al jardín y tráeme seis lagartos que encontrarás detrás de la regadera.
Así lo hizo, y en el acto su madrina convirtió los lagartos en otros tantos lacayos, que inmediatamente subieron a la carroza con sus libreas galoneadas, manteniéndose firmes como si en su vida hubiesen hecho otra cosa.
La Hada dijo entonces a la Cenicienta:
-¡Vaya!, ya tienes lo necesario para ir al baile. ¿Estás contenta?
Sí, madrina; pero, ¿iré al baile con mi feo vestido?
Su madrina tocola con la varita y sus ropas se convirtieron en vestidos de oro y seda recamados de pedrería. Luego le dio unas chinelas de cristal, las más lindas que humanos ojos hayan visto. Subió la Cenicienta a la carroza y su madrina le recomendó con mucho empeño que saliese del baile antes de medianoche, advirtiéndola que si permanecía en él un momento más, la carroza volvería a convertirse en calabaza, los caballos en ratones, los lacayos en lagartos y sus hermosos vestidos tomarían la primitiva forma que tenían.
Después de haber prometido a su madrina que se retiraría del baile antes de medianoche, fuese llena de alegría. Diose aviso al hijo del rey de que acababa de llegar una gran princesa desconocida y corrió a recibirla. Le dio la mano para que bajara de la carroza y llevola al salón donde estaban los convidados. A su entrada reinó un gran silencio, cesaron todos de bailar y pararon los violines, tanta fue la impresión producida por la extraordinaria belleza de la desconocida y tan grande el deseo de contemplarla. Sólo se oía el confuso murmullo producido por esta exclamación que salía de todos los labios.
-¡Qué hermosa es!
El mismo rey, a pesar de su vejez, no se cansaba de mirarla y decía en voz baja a la reina que hacía mucho tiempo que no había visto una mujer tan bella y amable. Todas las damas estaban absortas en la contemplación de su tocado y vestidos con el propósito de tener otros iguales al día siguiente, sí bien dudaban encontrar telas tan bellas y modistas hábiles para hacerlos.
El hijo del rey llevola al puesto más distinguido y luego la invitó a danzar. Bailó con tanta gracia que aun la admiraron más. Sirviose un espléndido refresco, pero nada probó el joven príncipe, pues sólo pensaba en mirarla. La Cenicienta fue a sentarse al lado de sus hermanas, con quienes mostrose muy amable, dándoles naranjas y limones de los que el príncipe le había ofrecido, lo que las admiró mucho, porque no la conocieron.
Mientras estaban hablando, la Cenicienta oyó que el reloj daba las doce menos cuarto. Hizo una gran reverencia a los asistentes y se fue tan deprisa como pudo. En cuanto llegó a su casa dirigiose al encuentro de su madrina, y después de haberle dado las gracias le dijo que desearía volver al baile el siguiente día, por que el hijo del rey se lo había rogado. Ocupada estaba en referir a su madrina todo lo que había ocurrido, cuando las dos hermanas llamaron a la puerta. La Cenicienta fue a abrir, y les dijo:
-¡Cuánto habéis tardado en volver!
Al mismo tiempo se frotaba los ojos y se desperezaba como si acabara de despertar, por más que no hubiere pensado en dormir desde que se separaron. Una de sus hermanas exclamó:
-Si hubieses estado en el baile no te hubieras fastidiado, pues ha ido la más hermosa princesa que pueda verse, quien se ha mostrado con nosotras muy amable y nos ha dado naranjas y limones.
Extraordinario era el júbilo de la Cenicienta. Preguntoles el nombre de la princesa, y le contestaron que se ignoraba, añadiendo que esto hacía sufrir mucho al hijo el rey, que daría todo lo del mundo por saberlo. Sonrió la Cenicienta, y les dijo:
-¿Era muy bella? ¡Dios mío!, cuán dichosas sois vosotras; también lo sería yo si pudiese verla. Hermana mía, préstame tu vestido amarillo, el que te pones cada día.
-¿Crees que he perdido el juicio? No estoy loca rematada para prestar mi vestido a una fea y sucia como tú.
La Cenicienta contaba con esta negativa, que no le pesó, pues no hubiera sabido qué hacerse si su hermana hubiese accedido a su demanda.
Al día siguiente las dos hermanas fueron al baile y también la Cenicienta, pero más adornada que la vez primera. El hijo del Rey no se apartó de su lado y no cesó de hablarle con gracia. Con gusto le oía la joven, hasta tal punto que olvidó lo que su madrina le había encargado y sonó la primera campanada de medianoche, cuando creía que no eran las once. Levantose y huyó con la ligereza de una corza, seguida del príncipe, pero sin que pudiera alcanzarla, y en su fuga perdió una de las chinelas de cristal, que el hijo el rey recogió. La Cenicienta llegó a su casa muy cansada, sin carroza, sin lacayos y con su feo vestido, pues de su magnificencia solo le había quedado una de las chinelas de cristal, la pareja de la que había perdido. Preguntaron a los guardias de las puertas el palacio si habían visto salir a una princesa, y contestaron que sólo habían visto salir a una joven muy mal vestida, cuyo porte era más bien el de una campesina que el de una señorita.
Cuando las dos hermanas regresaron del baile preguntoles la Cenicienta si se habían divertido mucho y si la hermosa princesa había asistido. Contestaron afirmativamente, añadiendo que al dar medianoche había huido con tanto apresuramiento que había dejado caer una de sus chinelas de cristal, la más linda del mundo. También contaron que el hijo del rey la había recogido, y que hasta acabar el baile no había hecho otra cosa que mirarla, lo que demostraba que estaba enamorado de la joven a quien la diminuta chinela pertenecía.
Dijeron la verdad, pues pocos días después el hijo del rey mandó publicar a son de trompeta que se casaría con aquella a cuyo pie se amoldase exactamente la chinela. Se comenzó por probarla a las princesas, luego a las duquesas y después a todas las señoritas de la corte. Lleváronla a casa de las dos hermanas, que hicieron grandes esfuerzos para que su pie entrase en la chinela, pero sin lograrlo. La Cenicienta que las estaba mirando, reconoció su chinela y les dijo riendo:
Dejad que vea si mi pie entra en ella.
Sus hermanas soltaron la carcajada y de ella se burlaron. El gentil-hombre que probaba la chinela, miró con atención a la Cenicienta, vio que era muy bella y dijo que su deseo era justo, pues tenía orden de probar la chinela a todas las jóvenes. Hizo sentar a la Cenicienta, y acercando la chinela a su diminuto pie notó que entraba en ella sin dificultad, quedando calzado como sí se hubiese amoldado en cera.
Grande fue el asombro de ambas hermanas, y subió de punto cuando la Cenicienta sacó del bolsillo la otra diminuta chinela, que metió en el pie que no estaba calzado. En esto llegó la madrina, quien tocando con su varita los vestidos de la Cenicienta los convirtió en otros aún más preciosos que los que había llevado.
Entonces las dos hermanas reconocieron en ella a aquella joven que habían visto en el baile y se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por los malos tratos que la habían hecho sufrir. La Cenicienta las levantó y les dijo abrazándolas que con toda su alma las perdonaba, rogándolas que siempre la amasen. Vestida como estaba, lleváronla al palacio del joven príncipe, quien la halló más hermosa que antes y casó con ella a los pocos días. La Cenicienta, tan buena como bella, mandó que sus dos hermanas se alojaran en palacio y el mismo día las casó con dos grandes señores de la corte.

Moraleja
Para ganar voluntades,
para abrirse corazones,
más que trajes y tocados
sirve un alma pura y noble.
Otra moraleja
No olvidéis que entre las dádivas
de las Hadas, la mejor
no es la belleza del rostro,
sino la del corazón.

"SECRETOS DE FAMILIA" (FRAGMENTO) MUY BUENO

Fragmento: del libro “Secretos de familia” de la cuentista argentina Graciela Cabal.
capítulo 9, página 79 a 83

Antes de entrar a la Recoleta Gran Mamá compra montones de flores. “A los muertos le encantan las flores”, dice. Y saca el rosario de piedritas violetas, para caminar jugando con las piedritas, como le gusta caminar a ella.
Gran Mamá tarda mucho, por las piernas gordas, por los juanetes y porque es una señora mayor llena de enfermedades. Entonces yo corro adelante y voy espiando adentro de las casitas. Pero las casitas no son casitas de verdad con mesa, silla y cama. Estas de acá lo que tienen son manteles de cumpleaños. Y también velas, santos y cosas de iglesia. Y los cajones de los muertos, con los muertos por adentro y los manteles de cumpleaños por afuera.
“Es allí”, dice Gran Mamá. Y me muestra una casita con dos soldados bien derechos en la puerta. Yo me quedo dura.¿Los soldados están muertos? ¿Muertos parados? ¿Sin cajón ni nada? ¿O están llenos de paja, como el tigre del sótano? Gran Mamá me empuja para que camine. Son de fierro los soldados. Y a los muertos no hay que tenerles miedo porque ellos son buenísimos y todo el tiempo nos cuidan desde las estrellas. “A los que hay que tenerles miedo es a los vivos, nena”. Gran Mamá saca una llave de la cartera, abre la puerta de la casita y nos metemos como si fuera de nosotros. Adentro hay floreros con flores podridas Y cruces y vidrios de colores y cajones, muchos cajones de muertos. Gran Mamá está ocupada mirando las chapitas doradas de la pared. De repente grita. “¡Tío Ricardo! ¡Aquí está mi tío el General!” Y me muestra una chapita con foto.
“ A ver si es cierto que sabes leer?”, me dice. Y yo leo: RI- CAR- DO.


Un general es el que manda a todos los soldado Los generales tienen trajes lindos, llenos de botones dorados y cosas que brillan. Son muy valientes los generales, por eso

siempre andan recibiendo medallas y estrellitas de premio. Los generales no van caminando como las personas, van a caballo. Con la espada en la mano o el trabuco, persiguiendo al enemigo. Cuando los generales marchan, suena una música. Y todos aplauden, saludan con los pañuelos y tiran claveles desde los balcones de las casas. A los generales se les hace estatuas en las plazas. El tío de Gran Mamá, que también es tío mío, todavía no tiene estatua, pero ya va a tener, ya va a tener... es famoso mi tío el general, pero no tan famoso como San Martín, que tiene estatuas por todas partes. Mi tío el general, que también es tío de Gran Mamá, peleo en muchas batallas y ganó siempre. “¿Ni un día solito perdió?”, pregunto yo. “Nunca jamás”, contesta Gran Mamá.
Cuando yo sea grande no voy a ser General de la Nación porque para ser General de la Nación no hay que ser nena. Yo lo que puedo hacer es ir a la guerras y repartir agua. Pero repartir agua debe ser más aburrido que ir al Banco.


“¿Y con quien peleaba mi tío el General?”, pregunto yo. “Con los malos, contesta Gran Mamá. ¿Cuáles son los malos?, pregunto yo. Y...muchos, contesta Gran Mamá ¿Muchos cuáles?, pregunto yo. “Los indios” contesta Gran Mamá. ¿”Y él los mató a todos los indios?”, pregunto yo. “Mmmmm.... algunos habrá matado, contesta Gran Mamá.¿ Y dónde están las casitas de los indios, pregunto yo. “¿Qué casitas?”, pregunta Gran Mamá “¡Casitas con los cajones!”, contesto yo “¿Qué cajones?, pregunta Gran Mamá.”¡Cajones con los indios muertos!, me enojo yo que me pongo rabiosa cuando me preguntan. “No sé” , dice Gran Mamá después de un rato. “¡Sí sabes, sí sabes! “¿Dónde están los cajones con los indios muertos?”, pregunto yo. Gran Mamá piensa y después dice:”los indios no tenían cajones”. ¿Por qué los indios no tenían cajones?, pregunto yo. Gran Mamá no me contesta. “¿Los malos no tienen cajones?”, pregunto yo. “No...Sí...., contesta Gran Mamá. Y me da una pastilla del doctor Andrew, de esas que nunca me quiere dar porque son remedio peligroso.
Gran Mamá dice que todavía tenemos que ir a visitar muchos muertos, que están en otras cositas: la mamá de ella, el papá, el abuelo Francisco y la abuela Camila....”Camila como vos”, digo yo. “sí, que nombre raro, ¿no?”, dice Gran Mamá. “A mí me gusta”, digo yo. Y canto: “¡Camila, Camila parí, parí, parí que sono meeee....” “¡Aquí no se canta!, dice Gran Mamá.¿Por qué?, pregunto yo. “Por respeto a los muertos”, contesta Gran Mamá. “¿Qué respeto? ¿Qué muertos?”, pregunto yo a ver si me da otra pastilla. Pero nada me da la cajita vacía .
Ahora vamos a visitar a Barbapedro, el del tigre del sótano, que no era tío de Gran Mamá: era tío de mi abuelo y también tío mío. En la casita de él hay cajones chicos como costureros. “En este cajoncito está el loro de Barbapedro, y en este el mono”, dice Gran Mamá. “¿Y de dónde los saco?”, pregunto yo. “De los viajes porque él era marinero”, contesta Gran Mamá. “Bar- ba- pe- dro....”, digo yo.”¡Qué nombre raro! ¿no?”, dice Gran Mamá. “A mí me gusta”, digo yo. Y canto: “Barbapedro era mi tío marinero, marinerooooo...”Pero enseguida me callo, por respeto a los muertos.


Yo quiero ver un dibujito de indio. Mi mamá me busca en la pila de Billiken y me muestra uno.”Eran malísimos los indios”, digo yo. “Noooo, ¡qué iban a ser malos, pobrecitos!”, dice mi mamá. Yo no entiendo. Entonces mi mamá me explica.


Los indios eran buenísimos. A ellos no le gustaban los trajes con botones dorados ni que les tiraran claveles porque ellos no eran mandapartes como los Generales de la Nación. A los indios lo que les gustaba era ir desnudos, con su arco y su flecha, y también ponerse plumas y collares y pintarse la cara para asustar al enemigo.
Los indios eran los dueños de todo acá: de la tierra, de los ríos, de los árboles y hasta de los bichos. Y estaban lo más tranquilo sin molestar a nadie. Pero vinieron los otros, con sus espadas y sus trabucos, y los mataron. Dos veces los mataron: primero los mataron los españoles, y después los mataron el tío de Gran Mamá y los amigos de él, que eran todos Generales de la Nación.
Los indios no tenían casas como las personas, tenían toldos. Y cuando se morían se quedaban por ahí, y entonces venían los pájaros negros y les comían los ojos, como a las hermanas de Cenicienta.


Al tío de Gran Mamá, Dios lo castigó y se quedó sin estatua. En cambio los indios sí que tienen estatua: en la plaza Garay, justo al lado de la calesita.

LA VERSIÓN DEL LOBO

Caperucita Roja - La versión del Lobo
Autor Anónimo
El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio.
Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas sentí pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi venir una niña vestida en una forma muy divertida: toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisieran que la vean. Andaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque, sin pedir permiso a nadie, quizás ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunte quien era, de donde venia, a donde iba, a lo que ella me contesto, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo.
Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues también el bosque era para el. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.
La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegue me abrió la puerta una simpática viejecita, le expliqué la situación. Y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista hasta que yo la llamara y se escondió debajo de la cama.
Cuando llegó la niña la invite a entrar al dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada, y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran par oírla mejor.
Ahora bien me agradaba la niña y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Ustedes comprenderán que empecé a sentirme enojado. La niña tenía bonita apariencia pero empezaba a serme antipática. Sin embargo pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban para verla mejor. Pero su siguiente insulto sí me encolerizo. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero.
Se que debí haberme controlado pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y diciéndole que eran así de grande para comerla mejor. Ahora, piensen Uds.: ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esa niña empezó a correr por toda la habitación gritando y yo corría atrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de la abuelita y me molestaba para correr, me la quité pero fue mucho peor. La niña gritó aun más. De repente la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo mire y comprendí que corría peligro así que salté por la ventana y escapé.

CAPERUCITA ROJA

CAPERUCITA ROJA
Jakob y Wilhelm Grimm
Érase una vez una pequeña y dulce coquetuela, a la que todo el mundo quería, con sólo verla una vez; pero quien más la quería era su abuela, que ya no sabía ni qué regalarle. En cierta ocasión le regaló una caperuza de terciopelo rojo, y como le sentaba tan bien y la niña no quería ponerse otra cosa, todos la llamaron de ahí en adelante Caperucita Roja.
Un buen día la madre le dijo :
- Mira Caperucita Roja, aquí tienes un trozo de torta y una botella de vino para llevar a la abuela, pues está enferma y débil, y esto la reanimará. Arréglate antes de que empiece el calor, y cuando te marches, anda con cuidado y no te apartes del camino: no vaya a ser que te caigas, se rompa la botella y la abuela se quede sin nada. Y cuando llegues a su casa, no te olvides de darle los buenos días, y no te pongas a hurguetear por cada rincón.
- Lo haré todo muy bien, seguro - asintió Caperucita Roja, besando a su madre.
La abuela vivía lejos, en el bosque, a media hora de la aldea. Cuando Caperucita Roja llegó al bosque, salió a su encuentro el lobo, pero la niña no sabía qué clase de fiera maligna era y no se asustó.
- ¡Buenos días, Caperucita Roja! - la saludó el lobo.
- ¡Buenos días, lobo!
- ¿A dónde vas tan temprano, Caperucita Roja? -dijo el lobo.
- A ver a la abuela.
- ¿Qué llevas en tu canastillo?
- Torta y vino; ayer estuvimos haciendo pasteles en el horno; la abuela está enferma y débil y necesita algo bueno para fortalecerse.
- Dime, Caperucita Roja, ¿dónde vive tu abuela?
- Hay que caminar todavía un buen cuarto de hora por el bosque; su casa se encuentra bajo las tres grandes encinas; están también los avellanos; pero eso, ya lo sabrás -dijo Caperucita Roja.
El lobo pensó: "Esta joven y delicada cosita será un suculento bocado, y mucho más apetitoso que la vieja. Has de comportarte con astucia si quieres atrapar y tragar a las dos". Entonces acompañó un rato a la niña y luego le dijo :
- Caperucita Roja, mira esas hermosas flores que te rodean; sí, pues, ¿por qué no miras a tu alrededor?; me parece que no estás escuchando el melodioso canto de los pajarillos, ¿no es verdad? Andas ensimismada como si fueras a la escuela, ¡y es tan divertido corretear por el bosque!
Caperucita Roja abrió mucho los ojos, y al ver cómo los rayos del sol danzaban, por aquí y por allá, a través de los árboles, y cuántas preciosas flores había, pensó: "Si llevo a la abuela un ramo de flores frescas se alegrará; y como es tan temprano llegaré a tiempo". Y apartándose del camino se adentró en el bosque en busca de flores. Y en cuanto había cortado una, pensaba que más allá habría otra más bonita y, buscándola, se internaba cada vez más en el bosque. Pero el lobo se marchó directamente a casa de la abuela y golpeó a la puerta.
- ¿Quién es?
- Soy Caperucita Roja, que te trae torta y vino; ábreme.
- No tienes más que girar el picaporte - gritó la abuela-; yo estoy muy débil y no puedo levantarme.
El lobo giró el picaporte, la puerta se abrió de par en par, y sin pronunciar una sola palabra, fue derecho a la cama donde yacía la abuela y se la tragó. Entonces, se puso las ropas de la abuela, se colocó la gorra de dormir de la abuela, cerró las cortinas, y se metió en la cama de la abuela.
Caperucita Roja se había dedicado entretanto a buscar flores, y cogió tantas que ya no podía llevar ni una más; entonces se acordó de nuevo de la abuela y se encaminó a su casa. Se asombró al encontrar la puerta abierta y, al entrar en el cuarto, todo le pareció tan extraño que pensó: ¡Oh, Dios mío, qué miedo siento hoy y cuánto me alegraba siempre que veía a la abuela!". Y dijo :
- Buenos días, abuela.
Pero no obtuvo respuesta. Entonces se acercó a la cama, y volvió a abrir las cortinas; allí yacía la abuela, con la gorra de dormir bien calada en la cabeza, y un aspecto extraño.
- Oh, abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!
- Para así, poder oírte mejor.
- Oh, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
- Para así, poder verte mejor.
- Oh, abuela, ¡qué manos tan grandes tienes!
- Para así, poder cogerte mejor.
- Oh, abuela, ¡qué boca tan grandes y tan horrible tienes!
- Para comerte mejor.
No había terminado de decir esto el lobo, cuando saltó fuera de la cama y devoró a la pobre Caperucita Roja.
Cuando el lobo hubo saciado su voraz apetito, se metió de nuevo en la cama y comenzó a dar sonoros ronquidos. Acertó a pasar el cazador por delante de la casa, y pensó: "¡Cómo ronca la anciana!; debo entrar a mirar, no vaya a ser que le pase algo". Entonces, entró a la alcoba, y al acercarse a la cama, vio tumbado en ella al lobo.
- Mira dónde vengo a encontrarte, viejo pecador! – dijo -; hace tiempo que te busco.
Entonces le apuntó con su escopeta, pero de pronto se le ocurrió que el lobo podía haberse comido a la anciana y que tal vez podría salvarla todavía. Así es que no disparó sino que cogió unas tijeras y comenzó a abrir la barriga del lobo. Al dar un par de cortes, vio relucir la roja caperuza; dio otros cortes más y saltó la niña diciendo :
- ¡Ay, qué susto he pasado, qué oscuro estaba en el vientre del lobo!
Y después salió la vieja abuela, también viva aunque casi sin respiración. Caperucita Roja trajo inmediatamente grandes piedras y llenó la barriga del lobo con ellas. Y cuando el lobo despertó, quiso dar un salto y salir corriendo, pero el peso de las piedras le hizo caer, se estrelló contra el suelo y se mató.Los tres estaban contentos. El cazador le arrancó la piel al lobo y se la llevó a casa. La abuela se comió la torta y se bebió el vino que Caperucita Roja había traído y Caperucita Roja pensó: "Nunca más me apartaré del camino y adentraré en el bosque cuando mi madre me lo haya pedido."

¡¡OTRO CUENTO MÁS!!

Departamento de correo y telecomunicaciones
Autor: julio cortazar

Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, nos arreglamos para que nombrase a buena parte de la familia en la sucursal de Correos de la calle Serrano.
Duró poco, eso sí. De los tres días que estuvimos, dos los pasamos atendiendo al público con una celeridad extraordinaria que nos valió la sorprendida visita de un inspector del Correo Central y un suelto laudatorio en La Razón.
Al tercer día estábamos seguros de nuestra popularidad, pues la gente ya venía de otros barrios a despachar su correspondencia y a hacer giros a Purmamarca y a otros lugares igualmente absurdos. Entonces mi tío el mayor dio piedra libre, y la familia empezó a atender con arreglo a sus principios y predilecciones. En la ventanilla de franqueo, mi hermana la segunda obsequiaba un globo de colores a cada comprador de estampillas. La primera en recibir su globo fue una señora gorda que se quedó como clavada, con el globo en la mano y la estampilla de un peso ya humedecida que se le iba enroscando poco a poco en el dedo. Un joven melenudo se negó de plano a recibir su globo, y mi hermana lo amonestó severamente mientras en la cola de la ventanilla empezaban a suscitarse opiniones encontradas. Al lado, varios provincianos empeñados en girar insensatamente parte de sus salarios a los familiares lejanos, recibían con algún asombro vasitos de grapa y de cuando en cuando una empanada de carne, todo esto a cargo de mi padre que además les recitaba a gritos los mejores consejos del viejo Vizcacha. Entre tanto mis hermanos, a cargo de la ventanilla de encomiendas, las untaban con alquitrán y las metían en un balde lleno de plumas. Luego las presentaban al estupefacto expedidor y le hacían notar con cuánta alegría serían recibidos los paquetes así mejorados. «Sin piolín a la vista», decían. «Sin el lacre tan vulgar, y con el nombre del destinatario que parece que va metido debajo del ala de un cisne, fíjese». No todos se mostraban encantados, hay que ser sincero.
Cuando los mirones y la policía invadieron el local, mi madre cerró el acto de la manera más hermosa, haciendo volar sobre el público una multitud de flechitas de colores fabricadas con los formularios de los telegramas, giros y cartas certificadas. Cantamos el himno nacional y nos retiramos en buen orden; vi llorar a una nena que había quedado tercera en la cola de franqueo y sabía que ya era tarde para que le dieran un globo.

LEYENDA

El Gauchito Gil
Por José Ramón Farias
negro@arnet.com.ar
Imagen popularizada entre los seguidores del Gauchito Gil.
La estampa se vende en Santerías y viene con una oración impresa al dorso.
Antonio Mamerto Gil Núñez, correntino mercedeño, vivió al margen de la ley, obligado por las circunstancias, según los sostenedores del mito. También se le adjudica la conducta de robar a los poderosos para ayudar los pobres. Estimo que por su fuerte y decidido amor a la libertad, que no obedecía obsecuentemente a los "señores" de su época, ganó la simpatía de muchos anónimos y resignados correntinos, que vieron en él, su reivindicación. Siempre contó con la protección de sus paisanos, que no sólo lo escondían de la policía, sino que disimuladamente dejaban un caballo de refresco, ensillado "por si lo precisa Gil". Cada 8 de enero, en el Paí Ubre, una encrucijada de caminos cercana a la ciudad de Mercedes, Corrientes , se dan cita miles de devotos creyentes en los favores y mercedes de este santo pagano. Además es costumbre por todos los camioneros o conductores que pasen frente a su santuario, tocar bocina para saludarlo, o detener la marcha un momento para elevarle oraciones. Llevan como souvenir cintas rojas que luego colgarán dentro de la cabina de manejo, estampas, o eligen entre una enorme variedad de objetos preparados en el mercado paralelo al de la fe que allí florece. El 8 de enero, aniversario de su muerte, los administradores del culto (particulares) llevan la cruz del santuario hasta la iglesia de Mercedes. Una vez bendecida, es traída en procesión hasta el lugar del rito, donde comienza el incesante desfile de creyentes que depositan ofrendas de todo tipo, y se dejan llevar por el clima de fiesta, cantando y bailando al compás de alegres chamamés que interpretan conjuntos profesionales y aficionados.
Una leyenda justifica tanto fervor, y ésta está preñada de elementos católicos, cuya iglesia, a pesar de negarlo como culto oficial, ve con buenos ojos y además contribuye a la expansión del mito. Dicen que por razones políticas, Antonio Gil debió huir a los campos, acosado por poderosos estancieros que quisieron embarcarlo como combatiente en las luchas de las fracciones políticas de Corrientes de la época, los Azules y Colorados. En la clandestinidad, carnea animales de las estancias para comer, y de paso invita a los pobrísimos gauchos lugareños. Sorprendido por la policía, una partida lo llevaba a la ciudad de Goya para su juzgamiento. Al estilo de la época, el jefe de la partida, para evitar el agotador viaje a caballo, decide ejecutarlo, total informaría "intento de fuga". El suboficial se apresta a degollar a Antonio Gil, previamente colgado de sus pies a un algarrobo, cuando el reo le dice que espere, que un chasque traía la orden de liberación, lo cual no es escuchado. En realidad, un antiguo jefe político había conseguido el perdón. Cuando nuevamente el policía se dispone a ejecutarlo, Gil le informa que deberá invocarlo en sus rezos al llegar a su casa, para salvar al hijo que estaba muy grave de salud. La brutal matanza se lleva a cabo. A los pocos minutos llega el mensaje con la orden de liberación, pera ya era tarde. También el agente al llegar a su casa comprueba la gravedad de la enfermedad de su hijo. Reza a Gil, y milagrosamente el niño sana. Cuando estos hechos son relatados, la noticia corre como reguero de pólvora y al lugar del asesinato llegan sinceros y sencillos habitantes para pedir gracia al milagroso gaucho. El mito crece a ritmo sorprendente y llega a nuestros días, con una proliferación de santuarios, no solo en Corrientes y Chaco, sino en el norte santafecino y provincia de Buenos Aires.
Los administradores del culto, hábilmente, venden folletos contando otra historia que afirma más la fe de los devotos. Por supuesto se encargan de contarla boca a boca. Dice esta leyenda, que cuando comenzaron a llegar los seguidores de Gil a la tumba, el dueño de la estancia La Estrella con campos contiguos a ésta, consiguió permiso para trasladar los restos del gauchito hasta el cementerio de Mercedes, aduciendo rotura de alambres y excitación de la hacienda. Llevado el cuerpo al cementerio urbano, comienzan las penurias para el estanciero. Mueren inexplicablemente sus animales, se enferman miembros de su familia, azotan sus campos tormentas y toda de clases de inconvenientes no lo dejan descansar. Convencido de que se trataba de un "mensaje", trae los restos a su lugar de emplazamiento original, terminando milagrosamente todos sus males.

CUENTOS Y LEYENDAS, ESPERO QUE LES GUSTEN

Mariquita, caca
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El cuento de “Mariquita caca”, de viaje por Filipinas
SIN DATOS DE INFORMANTE Y RECOPILADOR
RECOGIDO EN: La Línea (Cádiz)
Había una vez una familia que tenía diez hijos y que eran muy pobres. Llegaron la Navidad y los Reyes y no tenían dinero para comprarles juguetes a los niños.Mariquita era la más pequeña de los diez hermanos y veía cómo las niñas de su calle tenían muñecas y ella no. Entonces se ponía a llorar. Pero un día pasó por allí un anciano y, cuando la vio llorando, le preguntó:-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?La pequeña le contestó:-Porque todas las niñas tienen muñecas y yo no.El anciano le dijo que no llorara, que él le iba a regalar una muñeca muy especial.-Toma, se llama como tú y cuando te pida por la noche: “Mariquita, caca”, pues tú la poner a hacer caca.La niña se puso muy contenta porque era una muñeca muy bonita y por la noche, cuando Mariquita se acostó, la muñeca se puso a decir:-¡Mariquita, caca! ¡Mariquita, caca!Y Mariquita venga a poner la muñeca a hacer caca una y otra vez.Por la mañana, cuando Mariquita se levantó, vio cómo todo el cuarto donde ponía a la muñeca a hacer caca estaba lleno de montones de oro. Toda la familia se puso muy contenta. Compraron comida, ropas, una casa nueva. Eran muy felices, pero Mariquita tenía una vecina que era muy envidiosa y un día le preguntó que de dónde habían sacado tanto dinero. Mariquita se lo contó todo y a la mañana siguiente la vecina le robó la muñeca y se la llevó a su casa.Por la noche se puso la muñeca a pedir:-¡Mariquita, caca! ¡Mariquita, caca!Y la vecina, muy contenta, pensaba: “¡Qué bien, por la mañana seré rica!”. Pero pasó que en vez de dinero a la vecina le llegaba la caca hasta las rodillas. Se enfadó tanto que tiró la muñeca por la ventana. En ese momento pasó Mariquita y la recogió. Y ya nunca más se separó de su muñeca.

¡QUÉ DIFÍCIL! SE ME TRABA LA LENGUIA ¿ME AYUDAS?

¿Se te traba la lengua? ¿Se te lengua la traba? ¿Se te lasengua la baba?... Los trabalenguas son juegos de palabras con sonidos difíciles de pronunciar juntos.

Lo interesante de los trabalenguas está en poder decirlos con claridad y rapidez, aumentando la velocidad sin dejar de pronunciar ninguna de las palabras
He Aquí unos trabalenguas, espero que les gusten... si conocen más trabalenguas por favor mándamelos por e-mail y los pondré en esta sección...Aquí Vamos....


IMAGINANDO LO INMAGINABLE
GEMA IMAGINABA
UNA IMAGEN DE SU IMAGINACION
( Colaboración de Geyser B. Gonzalez )

SORULLO QUIERE LO SUYO
LO TUYO ES TUYO
DICE SORULLO
SUELTA LO QUE NO ES TUYO
SORULLO QUIERE LO SUYO
( Colaboración de Geyser B. Gonzalez )

NIÑA ÑOÑA AÑOÑADA
AÑOÑADO NIÑO ÑOÑO
( Colaboración de Geyser B. Gonzalez )

CONFUSO CONFABULABA UNA CONFUSA
CONFABULACION,
CONFUNDIDO NO CONFIABA EN LA CONFUNDIDA CONFABULACION,
QUE ACABABA DE CONFABULAR.
( Colaboración de Geyser B. Gonzalez )

Nadie silba como Silvia silba
porque el que silba como Silvia silba
Silvia le enseño a silbar
(Colaboración de Sylvia McAllister)

Loca loca la calaca la coloca
La coloca loca loca la calaca
(Colaboración de Mario Agraz)

Una capita muy amigajonadita
(Colaboración de Rodolfo Rodriguez)

Si así hacia Asia
Asia Hacia asi si
Hacia Asia asi si
(Colaboración de Rodolfo Rodriguez)

YO NO QUIERO QUE TU ME QUIERAS
PORQUE YO TE QUIERO A TÍ,
QUERIÉNDOME O SIN QUERERME
YO TE QUIERO POR QUE SÍ.
(Colaboración de Salvador Fayos)

ÉTICA PILETICA PILIMPIMPETICA,
PELADA PELUDA PILIMPIMPUDA
(Colaboración de Zaida Caballero)

COMO QUIERES QUE TE QUIERA,
SI EL QUE QUIERO QUE ME QUIERA,
NO ME QUIERE COMO QUIERO QUE ME QUIERA.
(Colaboración de Zaida Caballero)

El Rey de Constantinopla esta constantinoplizado
Consta que constanza, no lo pudo desconstantinoplizar
El desconstantinoplizador que desconstantinoplizare al Rey de Constantinopla,
Buen desconstantinoplizador será

Cansadas cargadas rapadas marchaban las chavas,
calladas, calmadas bandadas de gatas las ratas cazaban,
las ranas cantaban llamaban saltaban y al saltar sanaban de su mal astral

lunes, 5 de octubre de 2009

7ma MARATÓN DE LECTURA





























TODA LA ESCUELA TRABAJÓ UN MONTÓN PARA LA MARATÓN DE LECTURA. ESPERO QUE LES GUSTEN LAS IMÁGENES. GRACIAS







sábado, 3 de octubre de 2009