Fragmento: del libro “Secretos de familia” de la cuentista argentina Graciela Cabal.
capítulo 9, página 79 a 83
Antes de entrar a la Recoleta Gran Mamá compra montones de flores. “A los muertos le encantan las flores”, dice. Y saca el rosario de piedritas violetas, para caminar jugando con las piedritas, como le gusta caminar a ella.
Gran Mamá tarda mucho, por las piernas gordas, por los juanetes y porque es una señora mayor llena de enfermedades. Entonces yo corro adelante y voy espiando adentro de las casitas. Pero las casitas no son casitas de verdad con mesa, silla y cama. Estas de acá lo que tienen son manteles de cumpleaños. Y también velas, santos y cosas de iglesia. Y los cajones de los muertos, con los muertos por adentro y los manteles de cumpleaños por afuera.
“Es allí”, dice Gran Mamá. Y me muestra una casita con dos soldados bien derechos en la puerta. Yo me quedo dura.¿Los soldados están muertos? ¿Muertos parados? ¿Sin cajón ni nada? ¿O están llenos de paja, como el tigre del sótano? Gran Mamá me empuja para que camine. Son de fierro los soldados. Y a los muertos no hay que tenerles miedo porque ellos son buenísimos y todo el tiempo nos cuidan desde las estrellas. “A los que hay que tenerles miedo es a los vivos, nena”. Gran Mamá saca una llave de la cartera, abre la puerta de la casita y nos metemos como si fuera de nosotros. Adentro hay floreros con flores podridas Y cruces y vidrios de colores y cajones, muchos cajones de muertos. Gran Mamá está ocupada mirando las chapitas doradas de la pared. De repente grita. “¡Tío Ricardo! ¡Aquí está mi tío el General!” Y me muestra una chapita con foto.
“ A ver si es cierto que sabes leer?”, me dice. Y yo leo: RI- CAR- DO.
Un general es el que manda a todos los soldado Los generales tienen trajes lindos, llenos de botones dorados y cosas que brillan. Son muy valientes los generales, por eso
siempre andan recibiendo medallas y estrellitas de premio. Los generales no van caminando como las personas, van a caballo. Con la espada en la mano o el trabuco, persiguiendo al enemigo. Cuando los generales marchan, suena una música. Y todos aplauden, saludan con los pañuelos y tiran claveles desde los balcones de las casas. A los generales se les hace estatuas en las plazas. El tío de Gran Mamá, que también es tío mío, todavía no tiene estatua, pero ya va a tener, ya va a tener... es famoso mi tío el general, pero no tan famoso como San Martín, que tiene estatuas por todas partes. Mi tío el general, que también es tío de Gran Mamá, peleo en muchas batallas y ganó siempre. “¿Ni un día solito perdió?”, pregunto yo. “Nunca jamás”, contesta Gran Mamá.
Cuando yo sea grande no voy a ser General de la Nación porque para ser General de la Nación no hay que ser nena. Yo lo que puedo hacer es ir a la guerras y repartir agua. Pero repartir agua debe ser más aburrido que ir al Banco.
“¿Y con quien peleaba mi tío el General?”, pregunto yo. “Con los malos, contesta Gran Mamá. ¿Cuáles son los malos?, pregunto yo. Y...muchos, contesta Gran Mamá ¿Muchos cuáles?, pregunto yo. “Los indios” contesta Gran Mamá. ¿”Y él los mató a todos los indios?”, pregunto yo. “Mmmmm.... algunos habrá matado, contesta Gran Mamá.¿ Y dónde están las casitas de los indios, pregunto yo. “¿Qué casitas?”, pregunta Gran Mamá “¡Casitas con los cajones!”, contesto yo “¿Qué cajones?, pregunta Gran Mamá.”¡Cajones con los indios muertos!, me enojo yo que me pongo rabiosa cuando me preguntan. “No sé” , dice Gran Mamá después de un rato. “¡Sí sabes, sí sabes! “¿Dónde están los cajones con los indios muertos?”, pregunto yo. Gran Mamá piensa y después dice:”los indios no tenían cajones”. ¿Por qué los indios no tenían cajones?, pregunto yo. Gran Mamá no me contesta. “¿Los malos no tienen cajones?”, pregunto yo. “No...Sí...., contesta Gran Mamá. Y me da una pastilla del doctor Andrew, de esas que nunca me quiere dar porque son remedio peligroso.
Gran Mamá dice que todavía tenemos que ir a visitar muchos muertos, que están en otras cositas: la mamá de ella, el papá, el abuelo Francisco y la abuela Camila....”Camila como vos”, digo yo. “sí, que nombre raro, ¿no?”, dice Gran Mamá. “A mí me gusta”, digo yo. Y canto: “¡Camila, Camila parí, parí, parí que sono meeee....” “¡Aquí no se canta!, dice Gran Mamá.¿Por qué?, pregunto yo. “Por respeto a los muertos”, contesta Gran Mamá. “¿Qué respeto? ¿Qué muertos?”, pregunto yo a ver si me da otra pastilla. Pero nada me da la cajita vacía .
Ahora vamos a visitar a Barbapedro, el del tigre del sótano, que no era tío de Gran Mamá: era tío de mi abuelo y también tío mío. En la casita de él hay cajones chicos como costureros. “En este cajoncito está el loro de Barbapedro, y en este el mono”, dice Gran Mamá. “¿Y de dónde los saco?”, pregunto yo. “De los viajes porque él era marinero”, contesta Gran Mamá. “Bar- ba- pe- dro....”, digo yo.”¡Qué nombre raro! ¿no?”, dice Gran Mamá. “A mí me gusta”, digo yo. Y canto: “Barbapedro era mi tío marinero, marinerooooo...”Pero enseguida me callo, por respeto a los muertos.
Yo quiero ver un dibujito de indio. Mi mamá me busca en la pila de Billiken y me muestra uno.”Eran malísimos los indios”, digo yo. “Noooo, ¡qué iban a ser malos, pobrecitos!”, dice mi mamá. Yo no entiendo. Entonces mi mamá me explica.
Los indios eran buenísimos. A ellos no le gustaban los trajes con botones dorados ni que les tiraran claveles porque ellos no eran mandapartes como los Generales de la Nación. A los indios lo que les gustaba era ir desnudos, con su arco y su flecha, y también ponerse plumas y collares y pintarse la cara para asustar al enemigo.
Los indios eran los dueños de todo acá: de la tierra, de los ríos, de los árboles y hasta de los bichos. Y estaban lo más tranquilo sin molestar a nadie. Pero vinieron los otros, con sus espadas y sus trabucos, y los mataron. Dos veces los mataron: primero los mataron los españoles, y después los mataron el tío de Gran Mamá y los amigos de él, que eran todos Generales de la Nación.
Los indios no tenían casas como las personas, tenían toldos. Y cuando se morían se quedaban por ahí, y entonces venían los pájaros negros y les comían los ojos, como a las hermanas de Cenicienta.
Al tío de Gran Mamá, Dios lo castigó y se quedó sin estatua. En cambio los indios sí que tienen estatua: en la plaza Garay, justo al lado de la calesita.
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